MÁS INFORMACIÓN, MENOS CONOCIMIENTO
Ediciones EL PAÍS, SL, 2011. Mario Vargas Llosa, 2011
Nicholas Carr indica que fue en su juventud un
voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación,
descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución
informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse
de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red. Un
buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi
casi, un lector.
Preocupado, tomó una decisión radical. Él y su
esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones y se fueron a vivir a una
cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil y el
Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el
polémico libro Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras
mentes?
Carr no es un renegado de la informática, no se
ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las
computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación
que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la
información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que
una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los
beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica
y al desarrollo económico de las naciones.
El libro de Carr es una reivindicación de las
teorías del ahora olvidado Marshall MacLuhan, y los abundantes experimentos y
testimonios que cita en su apoyo, indican que semejante tesis alcanza una
extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet.
Los defensores recalcitrantes del software
alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa
y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, No es
verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser
una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que,
también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo
sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que
este sistema hace por él y, a veces, mejor que él.
No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de
la Web, como el profesor Joe O'Shea, afirme: "Sentarse y leer un libro de
cabo a rabo no tiene sentido. Lo atroz de esta frase no es la afirmación final,
sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para
"informarse". Es uno de los estragos que puede causar la adicción
frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora
Katherine Hayles, profesora de Literatura: "Ya no puedo conseguir que mis
alumnos lean libros enteros”. Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora
incapaces de leer Guerra y Paz o El Quijote. Acostumbrados a
picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer
prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la
facultad de hacerlo.
Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más
tontos seremos. La robotización de una humanidad organizada en función de la
"inteligencia artificial" es imparable.
1.
¿Es
cierto que existe una distorsión en la capacidad de análisis del lector que
está atado a la información reverberante del internet?
Sí, porque al
haber surgido las facilidades para poder
informarse mucho mejor con el tiempo han ido perdiendo el hábito y hasta
la facultad de leer libros como lo hacían en tiempos remotos, y han sido
condicionados para contentarse con la mala adecuación que los acostumbra la Red,
hasta el nivel de encontrar información indebida que no se adecua a la edad de
lector mostrando barbaridad y media, con sus infinitas conexiones y saltos
hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados
contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a
aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran
literatura.
2.
¿De
ser positiva su respuesta como se produce ésta?
Que existen
pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de
ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su
alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de
usarse.
El internet
tiene su lado bueno como también lo tiene de malo, lo bueno sería la aportación que presta a la información y a
la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa
cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que
todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo
económico de las naciones, y lo malo sería lo mencionado en el primer párrafo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario